«Tienes los minutos contados»
Como ya mencioné en la primera parte, en mi familia somos tres hermanos, y yo soy el de en medio (el más genial, claro). En fin, el asunto es que no éramos muy ordenados a la hora de jugar, y siempre uno quería acaparar más que los otros dos o elegir a qué se debía jugar, siendo que no muchas veces nos poníamos de acuerdo. Esto generaba muchas discusiones entre nosotros, lo que se traducía, obviamente, en retos y castigos, jejeje…
Así que para evitar eso, a mis padres se les ocurrió una idea bastante buena: limitar el tiempo de juego de cada uno para que así uno eligiera a qué quería jugar sin que los otros dos se metieran. ¡Genial! Al fin se acabaron las discusiones y las peleas. Pero… ¿de cuánto tiempo estamos hablando? Aunque no lo crean, en un principio eran cinco minutos por cada uno. Es decir, la consola se instalaba, y quince minutos después se guardaba. ¡Pero con eso nos bastaba! Eso es lo más increíble de todo, jajaja…
Pero, con el tiempo, las cosas fueron cambiando. Recuerdo que la progresión fue algo así: primero, cinco minutos. Luego, diez, pero al final siempre jugábamos un poco más, así que el tiempo se estiró hasta los doce minutos (¡genial!). Más tarde, fueron quince… veinte… Los treinta minutos los alcanzamos con la Creation, si mal no recuerdo.
Todo esto de seguro les suena muy raro, ya que hoy en día a ningún padre se le ocurriría dejar que su hijo juegue apenas cinco minutos al día, pero creo que fue una buena forma de enseñarnos a aprovechar bien el tiempo, a ordenarnos, a tener paciencia para esperar nuestro turno y a no enviciarnos con los juegos.




